Un rayo de sol en mitad de una tormenta, por Aimar González

A continuación tenéis el relato que ha presentado vuestra compañera Aimar González (4º B) en el Concurso de Escritura Creativa.

¡Enhorabuena por tu redacción!

UN RAYO DE SOL EN MITAD DE UNA TORMENTA

                Era un día gris. La lluvia repiqueteaba sobre la ventana y las gotas competían para ver cuál llegaba antes abajo. Nora estaba sentada en el alféizar de la ventana de su dormitorio. Su mirada se perdía en el horizonte, pensativa. Hace tan solo unos meses que la había conocido y ya sentía que llevaba toda la vida a su lado. Lía Peight le había enseñado el mundo, un mundo que Nora hasta entonces no conocía.

                Nora vivía en el orfanato situado a las afueras de la ciudad. Una ciudad llena de adultos inútiles incapaces de comprenderse ni siquiera a sí mismos. Lo único que alegraba aquella ciudad triste y gris eran los pocos niños que había.

                La señorita Plots decía que una chica de catorce años como Nora debía aprender cosas nuevas. Y qué mejor forma de aprender cosas nuevas que saliendo a la calle. Pero Nora nunca había querido.

                Hasta que un día, llegó al orfanato una de las familias más adineradas y respetadas de la ciudad. Nora ya los había visto entrar en otra ocasión, pero no los conocía. Eran muy elegantes y vestían ropas de ensueño. La señorita Plots los encaminó hasta su despacho. Aquel matrimonio tenía una hija, y justo cuando estaba calculando su edad desde las escaleras la niña se dio la vuelta y la vio, se levantó de la silla y se encaminó hacia ella. Nora, temiendo que la fueran a regañar, salió de su escondite decidida a correr escaleras arriba. Pero una mano la detuvo.

                Cuando se giró, asustada, se encontró con una cara dulce y amistosa de rasgos amables y juveniles. La niña era alta y delgada. Y sonreía. Tenía unos grandes y brillantes ojos azules. Su mirada, alegre y soñadora, revelaba su ilusión por vivir. Sus labios eran perfectos, rojos y llenos de pasión. Y sonreía. Tenía el pelo largo y caía sobre sus hombros como una pacífica cascada. Era rubia. Sus cabellos parecían los rayos del sol por la mañana. Y, sobre todo, sonreía.

                La chica zarandeó a Nora para sacarla de sus pensamientos: se había quedado embaucada ante aquella perfección.

-¡Hola! Soy Lía, ¿y tú?-preguntó la chica.

-Yo… yo…-dudó un momento en si debía decir su nombre. Si la señorita Plots se enteraba de que había estado espiando, la castigaría. – Soy Nora-, dijo al fin. La cálida expresión del rostro de Lía le transmitía tranquilidad.

-¿Por qué estás aquí?-, preguntó la recién llegada señalando el lugar.

-Mis padres murieron cuando tenía dos años y desde entonces vivo en este orfanato-, contestó Nora. – ¿Vosotros por qué habéis venido?-, preguntó.

-Mis padres quieren adoptar un niño. Dicen que los niños son el alma del pueblo y que si algún día desaparecieran la ciudad se sumergiría en una época de tristeza y soledad. Sólo es una leyenda, pero mis padres, cada año, vienen aquí a adoptar niños. Nuestra mansión es un caos. Mis padres crían a diecisiete hermanitos, pero sólo yo soy su hija-, explicó Lía.

                Durante un buen rato estuvieron hablando y conociéndose la una a la otra. En realidad, eran muy diferentes, pero tenían una cosa en común. Una sola cosa, la más importante: las ganas por conocer y aprender del mundo, de vivir nuevas aventuras. Finalmente, Nora, entusiasmada, preguntó:

-¿Y cómo es la ciudad?

-¿No has visto la ciudad? ¿Nunca has salido de aquí?-, preguntó Lía. Nora negó con la cabeza. – Pues es muy grande, hay muchas calles y dos plazas. Al norte, cerca de aquí, hay un parque, quizá debería enseñártelo algún día, ¿qué te parece?-.

-Suena estupendo, pero… la verdad es que no me gusta salir afuera…-, admitió la chica.

-Será divertido, ya verás…-, dijo Lía, intentando convencer a su nueva amiga.

-De acuerdo. Pero primero tendré que pedirle permiso a la señorita Plots. ¡Vamos!-, dijo Nora.

                Las dos amigas se dirigieron hacia su despacho. Cuando estaban a punto de entrar, la señorita Plots y los padres de Lía salieron por la puerta. Ambas se presentaron ante ellos como nuevas amigas y rogaron a la anciana mujer que dejara salir a Nora algún día para visitar la ciudad. Esta le concedió el permiso sin ningún reparo, pues llevaba años intentando que la niña saliera un poco a la calle. Así que quedaron en que en dos días Lía la vendría a buscar.

                A Nora se le hizo eterno este corto espacio de tiempo.  En alguna ocasión la señorita Plots le había hablado de la ciudad y de lo que ocurría en ella. Nora pasaba el tiempo imaginándose cómo serían los habitantes y el ambiente de la ciudad, hasta que llegó el gran día.

                Se puso su mejor vestido, se peinó y cogió su bolsa con sus cosas. La señorita Plots le había regalado una cámara de usar y tirar cuando cumplió diez años y ahora la podría estrenar.

                Cuando bajó las escaleras Lía y ella la estaban esperando. Saludó a su amiga y se puso el abrigo. Lía llevaba una cesta de mimbre cubierta por una tela en la mano, unas gafas de sol en la cabeza y una sonrisa en la cara. Una sonrisa que reconfortaba a Nora y la llenaba de ansias por salir y empezar a aprender. Y así, después de tanto tiempo, Nora salió a la calle por primera vez, como si hubiera vuelto a nacer. Fue maravilloso.

                Pero no se conformó con aquel día. A partir de entonces, todos los días, las dos amigas se adentraban en la ciudad, inspeccionaban cada callejón, cada rincón de aquella triste y gris ciudad. Y hacían fotos para tenerlas de recuerdo. Y a pesar de que aquello les gustase tanto, llegó un momento en el que ya sabían todo sobre la ciudad y sus habitantes, los cuales carecían de amabilidad. Los padres de Lía decían que los adultos que no tenían niños a su alrededor se volvían antipáticos y ambiciosos y que sólo los podría ablandar la más triste de las situaciones. Además, la economía de la ciudad era buena. Casi todas las familias poseían amplios terrenos a las afueras, grandes mansiones, en general, mucho dinero. Pero lo que muchos no tenían eran niños.

-Si en vez de gastarse todo su tiempo y dinero en comprar chalés de playa y empresas lo invirtiesen en cuidar de niños, el exitoso futuro de esta ciudad estaría garantizado-, decían los Peight.

                Aquel día, cuando Lía y Nora regresaron al orfanato, la señorita Plots les comunicó la terrible noticia: el establecimiento carecía de recursos suficientes para mantener a tantos niños, por lo tanto, tendrían que cerrar. Muchos de los niños allí presentes se echaron a llorar. A partir de entonces no sabrían qué hacer ni a dónde ir. La única solución que se le ocurrió a Nora fue:

-¿Y si convencemos a las familias de la ciudad para que nos adopten?-, sugirió. Un murmullo se originó en la estancia.

-¡No va a funcionar! Si hubieran querido adoptar, lo habrían hecho antes… Además, no van a querer…-, protestaban unos. El murmullo se convirtió en un caos de palabras.

-¡Silencio!-, gritó la señorita Plots. -Me temo que no tenemos tiempo de pensar en lo que vamos a hacer, tenemos que desalojar el edificio en una semana. Lo siento mucho niños, pero no podemos hacer nada-, declaró. Y todos, con caras largas, subieron a sus habitaciones entre quejas y sollozos.

                Y esa fue, más o menos, la situación que se mantuvo durante toda la semana en el orfanato, hasta que llegó el día de irse. Todos, como hormiguitas en hilera, fueron despidiéndose del que había sido su hogar durante años.

                Iban caminando por la calle cuando un señor de mediana edad se agachó junto a uno de los más pequeños que portaba una mochila y un osito de peluche en la mano y le dijo:

-¡Hola pequeñín! ¿Cómo te llamas? ¿Y adónde vas tan triste?-, dijo el señor. Nora se quedó sorprendida por aquella reacción, ya que durante el tiempo que había conocido la ciudad, ningún adulto había mostrado simpatía alguna por los demás más que por sí mismos.

-Soy Sam, y mi hermano y yo ya no tenemos casa-, dijo el pequeño con la voz quebrada. De repente, alzó la vista y preguntó emocionado- ¿Nos quiere adoptar?

                La señorita Plots le explicó al hombre su desgraciada situación, y este, sin pensárselo dos veces, asintió. Y se fue de la mano de los dos más pequeños, que mostraban una amplia sonrisa repleta de gratitud, alegría y esperanza.

                Pero la cosa no se quedó ahí. Aquel hombre, a quien un grupo de niños huérfanos habían abierto el corazón, había llamado a los vecinos de la ciudad quienes, conmovidos, acudían en tropel para llevarse a casa a las pobres criaturas que, a partir de entonces, tuvieron una familia y un hogar en condiciones.

                Incluso Nora, quien nunca había tenido la esperanza de volver a empezar en una familia, fue adoptada por los Peight. Y la señorita Plots trabajó de ama de llaves de la mansión familiar.

                Lía y Nora se hicieron inseparables. Consiguieron muchas cosas juntas, entre ellas, que se construyeran más parques infantiles para que los niños tuvieran un lugar en el que poder jugar. Y la ciudad ya no era tan sobria como antes, ahora la inundaba un rayo de esperanza y alegría.

                Pero sobre todo, Nora había aprendido muchas cosas y experiencias nuevas, y todo gracias a Lía. Porque eso era lo que Lía le había enseñado: a apreciar, valorar y disfrutar de la vida y de cuanto te rodea.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s